Vivir el campeonato de futbol 2

Incluso el día de la final en Rotterdam sus gritos de ánimo a su equipo se vieron sobrepasados por los italianos, reconocibles por sus tonos de Armani y sombreros de diseño para la ocasión, y por su afición a bailar encima de las mesas y coquetear con las chicas del lugar.

Los franceses, tal vez porque sabían que lo celebrarían más tarde, quedaron relegados a un segundo plano en su papel de hinchada. Hay que reconocer que durante los partidos sus entusiastas interpretaciones de La Marsellesa y su otro himno (la versión instrumental del I will survive) llegaban a cortar la respiración de los allí presentes.

Sin embargo, los franceses cuentan con algunos de los caracteres individuales más extravagantes. Clement d’Antibes nos viene a la cabeza. Este personaje fue en bicicleta hasta Brujas y después volvimos a encontrarlo en Amsterdam, subido a su bici y remolcando a su mujer, y con la frase “Clement d’Antibes” impresa en su camiseta de fútbol de Francia 82. Para completar la escena, el toque de gracia, un gallo metido en un cesto en la parte delantera de la bicicleta

Acariciando con cariño a su mascota, me informó que Baltasar había estado con él desde el último mundial y que le había prometido traer más éxitos para ‘Les Bleus’. La imagen de Clement exclamando “¡Huye, Baltasar!” mientras lanzaba al animal por los aire, que emitía tremendos graznidos, permanecerá durante mucho tiempo en mi memoria.

En Amsterdam había también otros franceses en bicicleta. Thierry y sus amigos de La Haya habían llegado en bici para ver el partido contra Holanda y tenían pensado disfrazarse de los siete enanitos para el asistir al encuentro.

De repente comenzaron a cantarnos su versión del “Aivá, aivó (On va gagner l’Euro…)”.

En la tranquila ciudad de Eindhoven los turcos trajeron la fiesta, y dejaron claro que saben cómo hacer ruido. Tanto en el Suecia – Turquía como en el Suecia – Italia los chicos del Bósforo tuvieron el dominio.

Los italianos solo tenían que dejar pasar el tiempo en esta fase ya que tenían asegurado su pase a los cuartos de final, mientras que los suecos se vieron acallados tanto por la decepcionante forma de su equipo como por la asfixiante ola de calor que rondó los 35 grados centígrados.

Los seguidores turcos estaba decididos a hacerse oír por haber llegado a la fase final del campeonato. Ondeando con orgullo grandes banderas nacionales, invadieron el territorio amarillo y azul de los suecos en la plaza de la ciudad para bailar los ritmos orientales con gritos de “¡Turki-ye!” tan fuertes como podían.

Por supuesto, su inesperada clasificación desató un mar de banderas y movilizó caravanas de coches que hicieron sonar los cláxones por las calles de la ciudad hasta la madrugada.

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